La resumergida y su revivido ["Ondina" (Christian Petzold / Alemania y Francia / 2020), estrenada en España el 20 de noviembre de 2020].
Surgidas desde las honduras y corrientes de los mares, ríos y lagos, las sirenáceas criaturas y similares seres --náyades, ninfas, nereidas, dríades, etcétera-- que en las artes y las letras han ido poblando numerosos relatos mitológicos, leyendas orales, composiciones líricas y obras diversas --plásticas, novelísticas, teatrales, operísticas y del celuloide--, en muchas ocasiones salen fuera del originario mundo suyo cargadas de características destructivas y de perdición para quienes, de sexo masculino en general, caen en fascinada y arrastradora atracción por tales acuátiles cuerpos y espíritus. El amoroso y romántico largometraje ahora comentado, que lleva a la pantalla imágenes y situaciones que funcionan en forma de sereno y afectuoso homenaje urbano a las calles, plazas, parques y avenidas de la capital germana --con poderosísimo y pregnante tributo por igual a su reticulada y parcialmente canalizada fluviolacustridad--, indica en su propio título de qué protagónica encarnación va a hablar.
La ictiofémina no porta aquí ningún elemento físico de pez --ni cola ni nada, pues contemplamos a una veinteañera repleta de intensidad y encanto dentro de una sencilla exterioridad humana--, y mostrando enorme posesividad respecto al buzo al que ha cautivado --se quieren con enorme fuerza y deseo--, las aguas profundas la reconocen y le reclaman sin disimulo su condición de hija suya, y en una entrega sin duda sacrificial termina dándose para siempre a lo abisal a fin de que el chico resucite de un coma extremo --provocado por un percance fatal en una inmersión--, sucediendo que con el transcurrir de los meses él acaba emparejándose y esperando un bebé con una compañera laboral cuyo corazón andaba ya prendado del joven accidentado.
El guionista y director --de la quinta de 1960-- de Ondina, cinta poética de naturalista y muy hídrica faz, queda definido por una trayectoria de exposiciones dramáticas en principio no ultracomplicadas, o desestructurantes, o demasiado traspasadoras de los límites de la receptividad usual de los públicos medios, si bien con frecuencia ha construido su manera de contar --pensemos, por ejemplo, en los elementos de aspecto discrónico de En tránsito (2018), que en absoluto buscan estridencia o complacencia o lo contrario, remascamiento comprensivo-- reenunciando con tranquila contundencia algunas asentadas y explicativas convenciones narrativas, de ahí que atesore una carrera que rezuma una densa y especial singularidad que a las historias abordadas y los modos de plasmarlas las saca de los códigos de mayor lisura, conviertiéndolo en un fabricador de ficciones de no abigarrada o aparatosa fantasiosidad pero sí llenas de evanescentes posos y presencias dentro de desarrollos y apariencias de bastante cotidianidad, sin efectismos escenográficos o de cualesquiera otros tipos, más allá, claro --y no en todos los casos--, de las temporales ambientaciones.
No olvidemos que a Petzold, brillando como dilecto discípulo aunque sin decantarse él por la radicalidad absoluta de las patentes y concienzudas reflexividades, las liminares exploraciones y las captaciones e impugnaciones de la realidad del maestro, le unió una estrecha amistad --acostumbraban a compartir prolongadas conversaciones y caminatas en las que intercambiaban impresiones sobre abundantes cuestiones, incluyendo la común actividad expresiva y profesional y asuntos sociopolíticos, estéticos y hasta futbolísticos-- con el metacinematográfico --faro e indispensable referencia para la cultura actual y para las personas con dedicación audiovisual de generaciones posteriores y coetáneas-- Harun Farocki, el cual intervino en la escritura de cinco de los títulos del alumno --ese fundamental autor audiovisual nació en 1944 y murió en 2014, y el presente y el futuro le recuerdan y recordarán en tanto que preeminente figura intelectual, creativa y profesoral del movimiento denominado Escuela de Berlín--.
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