Querer morirse y lograr morir cuando el cuerpo cárcel es ["Todo ha ido bien" (François Ozon / Francia y Bélgica / 2021), estrenada en España el 28 de enero de 2022].

Se estrena hoy en las salas de exhibición de Madrid y más ciudades del país Tout s'est bien passéuna nueva obra audiovisual acerca de otro caso verídico de un no infructuoso --aunque repleto, como cabe imaginarse, de obstáculos-- empeño en irse a la tumba con dignidad dando acabamiento a la propia existencia de forma absolutamente convencida y no obligada ni inducida cuando la situación vital consiste en pura precariedad física y en carencia bastante intensa de autonomía personal: lo que ahora se nos relata data de no mucho tiempo atrás y tiene por protagonista a un señor de ciudadanía francesa cuya hija --una de las dos que formaban su prole, encarnada por Sophie Marceau, sobria y contundente, como el conjunto del filme-- desarrolló en un libro --punto de partida para su guionística partitura-- cómo transcurrió el completo proceso de la enfermedad de su progenitor que llevó al mismo a desear abandonar la vida y en efecto dejarla, transitando por los numerosos y penosos pasos --insoslayables, forzosos y superadores de continuas trabas, burocráticas y no burocráticas, afectivas y no afectivas-- para finalmente llegar en Suiza al cumplimiento de una libre voluntad ciertamente eliminadora de enorme padecimiento biopsicológico (la nación helvética cuenta con la legislación menos restrictiva sobre la materia, y en él hay grupos de acompañamiento y asociaciones facilitadoras al respecto; recordemos que en España el parlamento aprobó hace no demasiado una ley de eutanasia, pero un servidor no sabría especificar si las circunstancias descritas en el presente largometraje quedarían cubiertas por la normativa de aquí para amparar un fallecimiento provocado de este tipo).

En el mundo abundan quienes experimentan rechazo moral o emocional --en bastantes ocasiones los motivos éticos entrañan componentes religiosos-- al oír hablar de cualquier cosa concerniente a la no impepinable instalación en el sufrimiento cuando el vivir lo trae con irreversible dolor, angustia infinita y desesperación, pero también gente que piensa lo contrario sin que nos hallemos frente a seres desalmados o sin conciencia ni principios.

Ozon, igual que en su abordaje de la pederastia ejercida por miembros de las instituciones religiosas católicas, ha dirigido una película nada breve y no pesada, detalladora y pormenizadora aunque no de machacona prolijidad, necesaria y de honda densidad pero no exactamente reivindicativa. Se ha atenido de modo muy informativo a los privados acontecimientos desgranados --siguiendo las vivencias de la narradora original--, y no ha caído ni en lo cansino, ni en el melodrama barato, ni en el lloro manipulador. Tomándonos la licencia de exagerar un poco, podríamos decir que casi se trata de un muy preciso y bastante objetivista documental ficcionalizado. Por último, debemos quitarnos el sombrero ante la actuación de André Dussollier: no ha sucedido de esa manera, pero parece que el equipo de rodaje ha esperado a que en la realidad al intérprete le sobreviniera un ictus para ponerlo delante de la cámara con su fisiología de verdad quebrantada y en alto grado deteriorada (para la familia próxima a los dañados por accidentes cerebrovasculares y para los sanitarios profesionales de la medicina y la paramedicina, resultan creíbles y reconocibles con indiscutible identificabilidad los síntomas fingidos [los muestra sin artificiosidad y sin pobreza o racanería anatómica] por tan extraordinario actor, que ha sabido meter dentro de sí e interiorizar con plenitud al personaje).

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