Penurias del falso autoempleado ["Sorry We Miss You" (Ken Loach / Reino Unido, Francia y Bélgica / 2019), estrenada en España el 31 de octubre de 2019].




Existen comentaristas --quizás no en cuantioso número-- que a Loach --refirámoslo junto a Paul Laverty, que ha venido escribiéndole los guiones de los últimos años-- le reprochan el haberse erigido, tras encaramarse al exitoso púlpito de diversos largometrajes de no exiguo taquillaje ni tampoco difícil digeribilidad --por lo cual otras plumas lo acusan de falta de radicalidad narrativa y de contundencia al expresar contenidos y manifestar posicionamientos--, en una especie de misionero o sacerdote de parroquia suburbial que, con buenas intenciones, predica impugnando la injusticia de la realidad controlada por el egoísmo de los plutócratas y poderosos --nos da frecuente testimonio de lo que se palpa y respira en las británicas zonas más desasistidas y de insuficiencia de rentas, que acaban convirtiéndose en fuente de oprobiosas y desazonadoras marginalidades--, y fuera de las opiniones que lo meten con desdén en el obrerismo curil o lo despachan con análogos parangones --acumula una dilatada carrera que inició en la tele en 1964--, le debemos una trayectoria --harto distinta a la jalonada por los desarrollos de ánimos complejos, drásticas contemplaciones, aparentes descorazonamientos e impertérrita y descarnada o irónica cámara de su compatriota Mike Leigh, con el cual cabe detectarle una parcial afinidad en determinados asuntos tratados-- que lo avala como inagotable y denodado filmador de los desmanes sociales --con dolor y pesadumbre pero sin rendirse al desaliento-- que marcha --no alberga el regodeo escópico de algunas miradas de diletantismo miserabilista rastreable en ciertos relatos audiovisuales contemporáneos-- cargado de una fundamentada y comprometida razón patentizada en la pantalla, o sea, a un señor (adicto a inanes sermones o monsergas según los bandos que a izquierda y derecha lo rechazan) que --pertrechado de didactismo y asequibles planteamientos emocionales, de eficaces resortes para la identificación con los protagonistas de las historias que aborda, de lamento progresista que no escasas conciencias biempensantes le compran sin vacilación, y de inequívoco colocarse del sufriente lado de las gentes estrujadas y sumidas en la desprotección y el desamparo-- no desfallece jamás al intentar convencer --y en el seguir suministrando, con los instrumentos casi siempre de la ficción, evidencias y datos a los ya ganados intelectualmente para la causa-- a las partes del público que todavía no se han enterado --o no lo conocen con concretos detalles vivenciales, o se engañan cerrando los ojos a las vergüenzas, o tienen la culpa de las inequidades e iniquidades denunciadas-- de las cotidianas maneras en que se suceden los hechos del deslizarse o despeñarse por las pendientes del empobrecimiento y la vida apretujada --o el quedar ahí a perpetuidad sin posibilidad de prosperar o siquiera salir del pozo un poquitín-- dentro de quienes integran las capas de la colectividad con menor igualdad de oportunidades, constituyendo asiduos y no exclusivos objetivos de su puntería los economicistas discursos y políticas que con implacable y paulatina pujanza van conquistando terreno en el bastante neoliberal --a la vez que encastillado-- Reino Unido --a propósito, léanse las clavadoras recientes declaraciones suyas en las que contestaba a las preguntas que le habían efectuado acerca del Bréxit, tildando de aristócratas a los sectores de la élite del país que propugnan el contracomunitarismo europeo e inculcan a la población la conveniencia de desconectarse de los dictados que la gobernanza bruselense impone al Viejo Continente--.
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Descartando el atascarnos en diseccionar o desmenuzar --déjese la cuestión a la libre consideración gustativa o discernidora de los variados paladares y reflexividades que deseen recrearse con ello-- el grado y alcance de la facilonería o no facilonería en la utilización de recetas melodrámaticas y de semejantes operativas significantes que el director de Pan y rosas ofrece a las plateas --y del tino o desatino con que imprime relieve y corporeidad a las criaturas en las que se fija, y de la más o menos cansina o incisiva sencillez y verismo de a pie (o transparencia, o cuasidocumentalismo, o aparente ausencia de construcción interpretativa) con que resuelve los desenvolvimientos de los personajes--, resulta obligado constatar que Loach y Laverty --a lo mejor cayentes en sentimentalismo, reincidencia expositiva, reconcentración argumental, déficit de pluriformidad y desarmada tristeza (no absoluta, por supuesto), y distinguibles además por sus sanos y no disimulados partidismos, ilusiones y simpatías (e incluso humor en ocasiones), y desde luego nunca descarriados por los tramposos caminos de la demagogia, el populismo, la carencia de rigor o las extremas o mixtificadoras simplificaciones-- saben hablar con profunda hondura de todo aquello a lo que retornan sin cesar. Aquí recalan, introduciéndose de nuevo en las interioridades de las precariedades del trabajo, en la desventura de los impelidos a registrarse y currar en calidad de autónomos sin serlo, lo cual surge de una muy en boga desaprensividad abusona y caradura que define a una importante porción del capitalismo de hoy, que se muestra nada refrenador de la maquinación de métodos para incrementar el lucro y el escaqueo de responsabilidades,  y que, en propagandísticos y machaconeados procedimientos de asimilación de los en verdad asalariados con los empresarios perfectamente instalados, proclama dueños totales de su destino a los humanos en situaciones desfavorables, transfigurándolos en imaginarios y fantasmáticos plenos organizadores de sus existencias, equiparando el tirar del carro del día a día --y el mero buscarse las habichuelas y sacar adelante a la prole-- a cosa no diferente a un negocio o un acometimiento industrial o megacomercial.  
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Permitámonos entrar, con cariño y humildad y sin tibieza --y con alivio no ufano o desinteresado en el caso de pertenecer a los segmentos de la audiencia no padecedores, en la actualidad o en momentos pretéritos, de las carencias y dificultades experimentadas a la hora de luchar por unos aceptables, sensatos y no derrochones ni consumístico-materialistas niveles en lo laboral y en el bienestar y dignidad vitales--, en el hogar de la madre, padre, hija e hijo de Sorry We Missed You. Rohmer rodaba cuentos y comedias con moraleja, y Loach, también con afectivo naturalismo y llaneza --aunque con seres en coyunturas de continua estrechez dineraria y de prestaciones, colapsados por excesivos e ineludibles gastos que cubrir para subsistir--, enseña antiejemplos de buitrescos explotacionismos e insensibilidad, e igualmente, modelos de intrafamiliares solidaridad y amarse --en esta película veremos algunos severos pero no insuperables altibajos del mucho quererse y fuerte mutuo apoyarse--.

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