Laboralidades e iniquidades en familia ["Gloria Mundi" (Robert Guédiguian / Francia e Italia / 2019), estrenada en España el 29 de noviembre de 2019].
Guédiguian, nacido en la segunda metrópoli de Francia por número de habitantes (ciudad con enorme población musulmana y multioriginaria, con distritos y zonas industriales y portuarias de arraigada tradición comunista y de lucha obrerista, y, en las últimas legislaturas, sí, una urbe devenida en importante caladero de votos del ultraderechismo lepenista), un cineasta de paterna ascendencia armenia y continuo retornador en la pantalla a la capital de Bocas del Ródano en la que la vida le empezó --se trata de un constante reivindicador y agitador moral frente a las pauperizaciones, atropellos, apreturas económicas y dificultades en la subsistencia y el vivir que experimentan las gentes más perdedoras y que más desintegración padecen en nuestro virtualizado, digitalizado e hipersubrogado planeta actual-- vuelve una vez más --y así continuará-- con sus fieles colaboradores en la actuación --lustros llevan en apiñada e inveterada relación ética y estética--, quienes representan una distintiva seña autoral y
--unión que él mismo no se cansa de recordar--
una esencial e indispensable tropa o camarilla anímico-profesional en los rodajes reincidente: su paisano Gérard Meylan, su esposa Ariane Ascaride, el gran-parisino Jean-Pierre Darroussin, etcétera (ella y esos dos intérpretes masculinos, en los filmes que el marido de la primera propone, suelen componer un auténtico triángulo dramático que en frecuentes ocasiones y en distintas maneras alcanza lo amatorio).


No se antoja cosa extraña que los públicos que siguen y reciben con emocional cariño y simpatía de ideas a alguien tan inconfundible por temáticas y estilo --que, en ocasiones, sin dejar los verismos que le otorgan idiosincrasia, ha derivado hacia el trufarlos con toques de nítido alejamiento del naturalismo-- procedan de capas en alto grado mesocráticas y no pertenezcan en exceso a los proletariados, precariados o cuasiprecariados que constituyen la extracción de clase --las clases de hoy, por motivos que rebasan lo aquí analizado, ya no se pueden definir con la claridad y conciencia de las épocas de las luchas previas a la contemporaneidad del neoliberalismo y la globalización-- del grueso de los seres que aparecen en las películas que él ha dado al séptimo arte. Tales segmentos espectatoriales no deben andar muy curtidos en el palpado y cabal saber de ciertas realidades --al menos de modo no mediático ni mediado--, pero aplauden con gusto --igual que hacen las audiencias, en principio más inmersas en las problemáticas abordadas, de los centros culturales de barrio o de las sedes de centrales sindicales cuando ahí proyectan ¡Al ataque!, Las nieves del Kilimanjaro u otras películas anteriores o posteriores del director-- el reencontrarse con unas encarnaciones humanas que --no en su totalidad, ojo-- demuestran ejemplares valores de convencida e inquebrantable solidaridad --nutrida con la robusta afectuosidad de los lazos de sangre y de similares vínculos del alma en la confraternización grupal-- dentro de las variadas contrariedades y restantes peripecias no siempre adversas que surcan en el día a día.
La nueva nucleación marsellesa suya que arriba a las salas españolas describe --con contundentes y sencillos pero precisos e intensos trazos expositivos de verdadero conocimiento de los ambientes sociales y situaciones plasmadas, sin ñoñas complacencias y con proximidad, e incluso, por momentos, con complicidad aunque sin adhesiones de pura parcialidad sentimental-- a las criaturas retratadas en las vulnerabilidades, apoyos mutuos, deslealtades, pequeñas alegrías, ambiciones, temores, altruismos y mezquindades con que se comportan y les caracterizan: tenemos ahora a un par de hermanas --una acaba de dar a luz--, a sus emparejados, a la madre de ambas --limpiadora a escasos años de jubilarse y reacia a sumarse a una huelga en el lugar en el que trabaja pese a las presiones del comité de empresa y de colegas con opuesto criterio-- y a los dos diferentes hombres progenitores de las jóvenes, uno de ellos recién salido de un penal tras larguísima condena por homicidio. No marcha boyante del todo el discurrir de las jornadas para unos cuantos de los personajes mencionados, y no resulta trigo demasiado limpio --una de las chicas y su hombre-- la parte del clan que por la existencia cotidiana camina --riquillos adevenedizos, catetones y abusadores-- con sobrada suficiencia y jactanciosa y desalmada y codiciosa condición. El largometraje se cierra con una poderosa imagen del rostro de un encarcelado contemplándonos con fijeza --visto desde fuera a través de la mirilla de la puerta de la celda--, lo cual representa y dispensa plena patentización visual al sacrificio de tal presidiario, un acto de generosa resignación y entrega con el que culmina la narración.
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