Imberbe enamorado y muerte del amado ["Verano del 85" (François Ozon / Francia y Bélgica / 2020), estrenada en España el 9 de octubre de 2020].


A Ozon cabe colocarlo dentro del conjunto de una no rara categoría de cineastas de atractivo tirón en las salas galas --dotados de pulso firme y sugestivo y que desbordan la mera y pura eficacia y solvencia expresiva-- que, por las materias argumentales y los trazos formales que les caracterizan, comprende, al menos en el natal país suyo, a quienes poseen la cualidad de concitar un no escaso ni usual consenso de gustos que une a un porcentaje importante del público y a una nada despreciable porción de las tendencias y corrientes de moda en la crítica más especializada y sesuda. Se trata de un director perteneciente al quinta del 67 y con una incontestable y potente trayectoria artística y comercial --no de un arrasataquillas ni un arrastramasas a los multiplexes-- que, borrador en frecuentes ocasiones de algunas convenciones genéricas y de otros tipos --aunque no entregado en misión plena y total a aventuras ensayísitcas o a radicalidades temáticas y gramaticales-- y en el seno de la innegable francesidad que por oriundez y aprendizaje le marca y define, ha ido dedicando los píxeles o fotogramas --debutó en la creación audiovisual en 1988, y en en el largo en 1998, con Sitcom, que se estrenó en España-- a la exploración --con ligeros, distinguibles y no atragantantes toques y señales de autoralidad figurativa y de contenido-- de las relaciones humanas --sexuales, familiares y emocionales-- carentes de cualquier asomo de planitud y banalidad, incluso cuando tales manifestaciones de la visceralidad del espíritu se sumergen con profundidad en zonas de esquinamientos u obscuridad, o incluso abierta torvedad, como, por ejemplo, al abordar en la precedente obra suya, la contundente, necesaria y esclarecedora Gracias a Dios, las agresiones cometidas por los hombres pederastas de la Iglesia Católica aprovechándose, en su condición de sacerdotes o consagrados, del contacto con menores propiciado por el desempeño de funciones educativas o paraeducativas.

La cinta de ahora, traslación a la pantalla de una novela del escritor británico Aidan Chambers --especializado en narrativa destinada a niños y jóvenes--, desgrana las peripecias felices e infaustas de la playera aproximación queridora y carnal --y de afloramiento de ciertas feas y duras heridas del vivir, un verdadero aprendizaje-- de un adolescente de 16 primaveras que durante el período que da nombre a la película --las pegadizas notas y compases de la banda sonora, con ritmos de aquella época, conectarán de lleno con la generación en la actualidad cincuentona o casi cincuentona, la cual, con gozo y satisfacción, reconocerá desde las butacas las canciones que integran la música incidental de la trama-- se embelesa y encama --la marina navegación los une al principio-- con un mozuelo judío que terminará pereciendo en un percance de motocicleta después de una serie de situaciones en las que asimismo interviene una veintiunañera inglesa que se enrolla con el luego fallecido, con los consiguientes celos y defraudación del postergado, predominando en lo diegético el punto de vista del mocete que sufre el torbellino de sensaciones, intensidades y desilusiones, por lo que, al comenzar el visionado --la ficción arranca con sus sucesos nucleares ya ocurridos, y con varios saltos atrás lleva hasta ellos-- puede pensarse que se avizoran abismos de un vaciador y trágico desgarro, más hundientes y de dramático enfangamiento que los en definitiva expuestos --no obstante en absoluto triviales (a no todo el mundo sabrá a poco, o a ñoño, o a tremendista, lo aquí desarrollado, en especial a quienes tengan una edad parecida a la de los tres personajes principales)--, aunque, para no caer en plumazos antiponderativos, no debemos dejar de considerar la bisoñez del protagonista --un auténtico primerizo cargado de inagotable deslumbrarse con el chico devocionado y de deseante energía hacia él-- en cuanto a las cosas del mundo, pues de hecho nos hallamos contemplando un amargo y dulce cuento de inesperada iniciación vital, quizá no frente a un relato en exceso peculiar o de diferente o excepcional penetración emocional --el bailar encima de la tumba del amigo motivador de la pasión, fruto de un pacto entre ambos [una danza justamente ya presente en el título de la pieza literaria original], a lo mejor aquí queda falto de empuje y fuerzal--, pero un sí que ante un aceptable retrato, referido a un muy concreto tiempo y contexto social y cultural en absoluto ajenos al ánimo y experiencia de muchos espectadores, de una furtiva, turbada, muchachil y frustrada relación estival.

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